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EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS, EL ESFUERZO

Las invasiones urbanas a finales del siglo 20 tenían menos opciones de sobrevivir desalojos. El Esfuerzo era ante todo una estrategia para permitir que transcurriera el tiempo necesario para el paso de asentamiento a barrio, quizá llegando a tener el nombre de La Esperanza o El Paraíso.

Los callejones angostos simulaban barricadas, bloques que se convertían en infranqueables una vez se cerraban las puertas. Las rutas de tránsito eran obligatorias y las percibía como espirales que garantizaban que en el centro reposaran las personas que podían guiar al grupo en su viaje de habitantes a ciudadanos.

Permanentemente y con esmero, salían y regresaban al refugio los hombres y mujeres de todas las edades, unidos por lo fantástico que emerge en los segundos pisos. Tejas de zinc reciente, flores y recipientes aún sin polvo, tesoros para sueños de desplazados rurales que se encontraban tocando las puertas de dos ciudades, Medellín y Bello, que les señalaban como usurpadores.

Caminado pasé a ser el observado, aún sin saberlo era el invasor. El único visible que no estaba cargando enmiendas para la vida.
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